Tabú | Utopías y distopías

29min

 

En el primer adelanto de Tabú, el libro que estamos desarrollando junto a Andrés Rieznik, hablamos sobre la forma en que los genes y los ambientes influyen en nuestras características personales, no sólo en relación a rasgos físicos como la altura o el color de ojos, sino también a rasgos complejos de nuestra personalidad, nuestro comportamiento o nuestra susceptibilidad a desarrollar diferentes patologías. Recorrimos algunas formas en que la influencia de los genes y los ambientes puede cuantificarse y empezamos a vislumbrar cómo los avances científicos en áreas como la neurociencia y la genética del comportamiento nos ponen frente a la posibilidad de revolucionar la propia naturaleza humana. En este segundo adelanto nos metemos más en profundidad en algunos de estos conceptos y en cómo la historia nos muestra el daño que puede generar la negación o la distorsión de estas ideas. 

Creemos que es posible abordar estas conversaciones de forma sana, honesta y abierta; establecer ciertos principios que, sin pretender sellar debates de enorme complejidad, pueden orientarnos frente a los desafíos actuales y futuros que estos conocimientos implican. Porque, para ir hacia un mundo como queremos que sea, primero tenemos que entender el mundo como es.    

 

De película

El átomo provee un principio organizacional para la física moderna y nos tienta con la promesa de controlar la materia y la energía. El gen provee un principio organizacional para la biología moderna y nos tienta con la promesa de controlar nuestros cuerpos y nuestras almas. 

Siddhartha Mukherjee, El gen.

 

Entre los científicos y científicas que nos dedicamos a investigar, enseñar y comunicar sobre los campos de las neurociencias o de la biología del comportamiento humano, por estos tiempos, la fascinación sobra. Nunca he visto, en mis más de 20 años de ciencia, la expectativa que provoca, por ejemplo, la caída exponencial del precio de la lectura del ADN de una persona. Combinadas con el surgimiento de ‘tijeras moleculares’ de alta precisión que permiten cortar y pegar genes (como la llamada técnica CRISPR), se supone que estas técnicas preanuncian una avalancha de descubrimientos que podrían revolucionar la medicina, la salud mental, la educación y la comprensión de nuestra naturaleza. Estamos transformando nuestro entendimiento de lo humano, redefiniendo sus contornos, y tendremos que decidir hasta dónde debemos permitirnos modificarlos (modificarnos). 

En la película Gattaca, un clásico de los ‘90, se representa una distopía en la que una parte de la sociedad empieza a procrearse a través de fertilización in vitro y eligiendo, de entre todos los embriones generados, el de “mejor” genética de acuerdo al criterio que elijan los padres. “Tan grande se vuelve la competitividad, que la sociedad se divide entre los concebidos en laboratorios, ‘genéticamente superiores’, predestinados a hacer grandes cosas en la vida, y los nacidos de manera natural, generalmente por error y predestinados según la propia sociedad a trabajos menos gratificantes”, dicta una sinopsis de la película. 

Cuando se estrenó Gattaca, en 1997, la premisa parecía una exageración, estábamos lejos de llegar a algo así. Pero, como señala el historiador israelí Yuval Harari, hoy en día ya no es descabellado especular con que en 50, 100 o 200 años la Tierra estará habitada por seres más genéticamente distantes de nosotros que nosotros de los Neandertales. Y no es simplemente un tema filosófico o interesante para el futuro. Es un asunto de extrema y actual importancia práctica. 

Antes de profundizar conviene repasar rápidamente dos conceptos fundamentales para esta conversación: el de gen y el de alelo

Se suele citar a Gregor Mendel, monje católico y naturalista austríaco del siglo XIX, como la primera persona en articular claramente el concepto de gen, aunque no los llamó “genes” sino “factores”. La palabra “gen” recién fue acuñada en 1909 por el botánico danés Wilhelm Johannsen, a partir de una palabra griega de raíz indoeuropea “gen-” (parir, dar a luz, generar). O sea que el concepto de gen es anterior al descubrimiento del ADN y surgió de dos observaciones: primero, que los hijos se parecen a sus padres y madres, y segundo, que se parecen en aspectos diferentes que se heredan independientemente unos de otros (color de ojos, forma de la cara, altura, etc.). Hay algo en el organismo de los padres y madres que los hijos heredan; a cada una de las partes de ese algo, a cada unidad mínima e irreductible, se la llamó “gen”. Por eso un gen se define como una unidad mínima de herencia. Notemos que el concepto de gen es independiente del sustrato en que se guarda la información que, hoy en día sabemos, es una larga molécula llamada “ácido desoxirribonucleico” (ADN). En términos modernos, un gen es una secuencia de la molécula de ADN que codifica alguna información que pueda afectar algún rasgo del organismo. A partir de esta información se generan ARN (ácido ribonucleico, otra molécula orgánica) y proteínas con diferentes funciones (enzimáticas, estructurales, regulatorias). 

Personalmente, me resulta más útil pensar el ADN como el código de un software que como un libro, ya que una modificación en la secuencia del ADN, por más pequeña que sea, podría afectar uno o más rasgos de maneras tan imprevisibles como cuando borramos una simple coma o un punto del código de un software y alteramos por completo su ejecución.

El segundo concepto que tenemos que repasar es el de alelo, nombre con el que llamamos a las diferentes versiones de nuestros genes. Cada persona hereda dos alelos para cada gen, uno de su madre y uno de su padre (biológicos), y estas dos versiones están presentes en el ADN de cada una de nuestras células (a excepción de alteraciones nuevas, cuando ocurre una mutación). En genética del comportamiento, cuando nos referimos a una variación en un gen nos estamos refiriendo a una variación en la secuencia del ADN de una célula.

Hace ya unos meses, la empresa norteamericana Genomic Prediction ofrece la posibilidad de leer el ADN de embriones generados in vitro para brindar esa información a los futuros padres y madres. La empresa en cuestión puede informar a sus clientes cuántos de los alelos leídos en estos embriones generados in vitro correlacionan, por ejemplo, con mayor altura. Son alelos que, en las poblaciones estudiadas, están más presentes en las personas más altas. Entonces, la madre podría elegir implantar el embrión generado que tenga mayor cantidad de esos alelos, para maximizar así la probabilidad de tener un niño más alto. No tan lejos de la película Gattaca, ¿no? Para ser justos, aunque esto puede parecer impactante, no es tan diferente a brindar la altura del donante en los bancos de esperma, información que muchas veces se otorga.

Pero no se trata sólo de eso, y acá es donde la cosa se pone más áspera: esa misma empresa tiene la capacidad de ofrecer información, por ejemplo, sobre cuántos alelos que correlacionan con mayor “inteligencia general” tiene cada óvulo fertilizado in vitro. Aparece la pregunta inevitable: ¿pueden los padres elegir qué embrión implantar usando esa información? Hoy en día, sólo en parte. Y, hasta donde sé, no hay regulación específica al respecto en ningún lugar del  mundo (En Argentina, la ley 26.862 de Reproducción Médicamente Asistida, también conocida como “Ley de reproducción Humana Asistida” o “Ley Nacional de Fertilización Asistida”, fue sancionada y promulgada en 2013. Cuando se creó, no existían las tecnologías que permiten leer qué genes en el ADN de embriones obtenidos a partir de óvulos fertilizados in vitro están asociados a cogniciones o comportamientos humanos complejos, tecnologías que, hasta donde sabemos, siguen sin estar reguladas aquí).

Fue la propia empresa la que decidió que sólo dará esa información a los padres y madres si los alelos del embrión son tales que, estadísticamente, tendría muy alta probabilidad de desarrollar, en su vida adulta, un coeficiente intelectual menor a 70 −el de una persona que probablemente sería diagnosticada con discapacidad intelectual−, aunque no definieron a qué se refieren con “muy alta”. Para justificar esta decisión, el científico Steve Hsu, fundador de la empresa, pregunta en un capítulo del genial podcast Radiolab: “Si tu hermana estuviera por hacerse una fertilización in vitro y supieras que uno de los cinco óvulos fertilizados tiene una enorme probabilidad de desarrollar una discapacidad intelectual, ¿se lo dirías?”.

 

La biología como tema tabú

Una vez, en el año 2018, Damián Blasi, investigador de la Universidad de Zúrich, Suiza, estaba en un asado en Argentina, ya en sus últimos días de visita antes de partir de vuelta hacia Europa; en medio de una conversación mencionó con entusiasmo un estudio reciente en el que se halló que uno de los genes que correlaciona con mayor “inteligencia general” medida a través de tests estandarizados se expresa (se “activa”) en la corteza prefrontal del cerebro. Esto parece tener sentido dado el rol de esta área del cerebro como región organizadora del pensamiento. Pero cuando terminó de decirlo, tuvo lugar un silencio incómodo.

¿Qué había pasado? ¿Estaba Damián sugiriendo que la “inteligencia” de una persona (entendamos lo que entendamos por inteligencia) puede en alguna medida estar influenciada por la información genética contenida en sus células? Sí.

¿Estaba diciendo que habría que eliminar a las personas menos inteligentes para así “mejorar” la especie? Claro que no, y este es precisamente el tipo de confusiones que, creo, necesitamos allanar.

En ciertos ambientes parece difícil tener una conversación abierta, razonable y sana sobre algunos descubrimientos de la genética. ¿De dónde surge semejante sensibilidad a temas que están en la vanguardia de la agenda de investigación mundial? Cualesquiera sean los conocimientos descubiertos por la biología, la neurociencia y la genética sobre el comportamiento humano, creo que la mejor opción que tenemos hoy en día es sacarlos a la luz del Sol, que es siempre el mejor desinfectante, también para las ideas (nota de color: “La luz del Sol es el mejor de los desinfectantes” es una famosa cita de Louis Brandeis, juez de la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos a principio del siglo XX. Hoy sabemos que, rigurosamente, esto no es tan cierto. En algunos casos la luz del Sol puede eliminar gérmenes, pero de ahí a decir que es “el mejor desinfectante” hay un largo trecho. De todas formas, la analogía me resulta tan linda que preferí usarla, disclaimer mediante).

 

Los peligros de negar la genética 

La sensibilidad a los asuntos de la genética del comportamiento está ligada, claro, a su historia, al hecho de que en su nombre se cometieron atrocidades, con varios capítulos nefastos como el nazismo y la eugenesia. Pero vale señalar que, así como la creencia de que todo es genético se usó para justificar esos genocidios, hubo otros sistemas políticos que usaron la igualmente falsa creencia de que todo es ambiental para justificar sus propias atrocidades. Así como es conocido que el nazismo perpetró un genocidio en nombre de la genética, el comunismo estalinista llevó adelante otro, asesinando a decenas de millones de rusos en nombre de la negación de la genética. En su libro El gen, el escritor y divulgador indio Siddhartha Mukherjee, ganador del Premio Pulitzer, cuenta:

 

Mientras, en la década de 1930, los nazis aprendían a torcer el lenguaje de la herencia para apuntalar un programa de esterilización y exterminio amparado por el Estado, otro Estado europeo también retorcía la lógica de la herencia y los genes para justificar su programa político, aunque de manera exactamente opuesta. Los nazis habían abrazado la genética como herramienta para la limpieza racial. En la Unión Soviética de los años treinta, los científicos e intelectuales de izquierda plantearon que nada de la herencia era intrínseco. En la naturaleza, todo −todos− era cambiante. Los genes eran un espejismo creado por la burguesía para consagrar la fijeza de las diferencias individuales, cuando en lo referente a rasgos, identidades, opciones o destinos nada era indeleble. Si el Estado necesitaba limpieza, esta no se lograría mediante la selección genética, sino a través de la reeducación de todos los individuos y la anulación de lo que antes eran. El cerebro −no los genes− era lo que había que limpiar.  

 

Apegados a estas creencias, los dirigentes de la Rusia estalinista abrazaron una idea delirante y pseudocientífica sobre la herencia, postulada en 1928 por un investigador agrícola llamado Trofim Lysenko, quien afirmaba haber encontrado una forma de “triturar” y reorientar las influencias hereditarias en los animales y en las plantas. Dice Mukherjee:

 

El nazismo y el lysenkoísmo defendían concepciones radicalmente opuestas de la herencia, pero los paralelismos entre los dos movimientos son sorprendentes. Aunque la virulencia de la doctrina nazi no tuvo parangón, el nazismo y el lysenkoísmo tenían un rasgo común: ambos utilizaron una teoría de la herencia para establecer una concepción de la identidad humana que pudiera ponerse al servicio de un programa político. Las dos teorías de la herencia eran sin duda completamente opuestas −los nazis estaban obsesionados con la fijeza de la identidad y los soviéticos, con su completa maleabilidad−, pero el lenguaje de los genes y la herencia revestía una importancia capital para amparar dos modelos diferentes de Estado y de progreso; es tan difícil imaginar el nazismo sin la creencia en el carácter indeleble de la herencia como el Estado soviético sin la creencia en su perfecta alterabilidad. No resulta sorprendente que, en ambos casos, la ciencia fuese deliberadamente distorsionada para respaldar sus particulares mecanismos oficiales de “limpieza”. Apropiándose del lenguaje de los genes y la herencia, sistemas enteros de poder e intervención estatal fueron justificados y reforzados. A mediados del siglo XX, el gen −o la negación de su existencia− ya se había convertido en una potente herramienta política y cultural. Y en  una de las ideas más peligrosas de la historia. 

 

Como vemos, negar el papel de la genética también produce grandes sufrimientos evitables. No se trata de asumir que todo es genético ni lo contrario. En todo caso, comprendiendo cómo el mundo es, podremos intentar modificar lo que esté a nuestro alcance (como individuos y como colectivo) para hacerlo un poco más parecido a cómo queremos que sea. La negación o distorsión deliberada o involuntaria de los conocimientos científicos, de las verdades prácticas que mejor describen el Universo y nuestra naturaleza hasta el momento (ya que sabemos que estas verdades no son algo cristalizado, sino que se deben ajustar a la mejor evidencia disponible), difícilmente nos conduzca hacia sociedades mejores y con menos sufrimiento.


Es importante recordar, sin embargo, que es difícil surfear las olas agitadas de la genética y la neurociencia humana siendo completamente objetivos (esto es válido para cualquier disciplina científica, pero fundamentalmente para las que nos tocan tan de cerca como individuos y como sociedad). Todos tenemos ideas preconcebidas; no vamos a poder deshacernos de ellas por completo, pero es un paso clave tratar de identificarlas y pensarlas de manera separada de las evidencias y la razón. Debemos apegarnos lo más posible a la premisa de que el Universo es de una manera que podemos descubrir en vez de negar. En todo caso, lo que necesitamos es tener conversaciones acerca de cómo queremos que se relacionen las verdades científicas con las morales.  

 

Sobre el abordaje de los dilemas morales

A veces, en algunas clases o charlas pido que levanten la mano quienes están a favor de la legalización de la interrupción voluntaria del embarazo hasta el tercer mes de gestación. Luego, quienes la defienden hasta los 6 meses. Luego, 9 meses. Por último, pregunto quién está a favor de que la madre, después del parto, pueda elegir el sacrificio indoloro del bebé recién nacido. Es un poco incisivo, lo sé, pero lo hago con el propósito de ensayar el hecho de que muchas personas que defienden la interrupción voluntaria del embarazo se horrorizan frente a la última opción. Y es que mucho antes de poder siquiera razonarlo, sentimos un desagrado visceral por la sola articulación de la idea. Esto es, precisamente, lo que sienten muchas de las personas que están en contra de legalizar la interrupción voluntaria del embarazo.

De un lado o del otro del debate, mucho antes que un argumento, hay una emoción. Despreciar la emoción de otras personas acusándolas de asesinas de adolescentes embarazadas, o, en la otra esquina, acusándolas de asesinas de bebés futuros ingenieros, convengamos, no contribuye a la conversación. No es que debamos despojarnos de nuestras emociones. Pero, si queremos avanzar en el establecimiento de normas morales que nos acerquen a sociedades mejores, no podemos hacerlo confiando ciegamente en nuestras emociones e intuiciones sobre lo que está bien y lo que está mal, por el simple hecho de que cada persona tiene diferentes intuiciones y emociones.

Creo que ese es el gran problema a la hora de intentar ponernos de acuerdo en este tipo de cuestiones: tenemos emociones e intuiciones preconcebidas al respecto, conscientes e inconscientes. Inevitablemente, cuando navegamos el espacio social estamos todo el tiempo tomando decisiones sobre cómo comportarnos en relación a las otras personas y esas son, por definición, decisiones morales. Como el pez que pregunta qué es el agua ya que su omnipresencia la ha invisibilizado para él, las razones detrás de estas decisiones son invisibles: están más relacionadas con una visión ancestral y heredada del mundo a través de la cultura que con un razonamiento que cada persona haya hecho. Sin embargo, como nuestro cerebro tiende a buscar razones para justificar nuestras decisiones, si nos preguntan por qué pensamos que está bien o mal hacer tal o cual cosa, solemos tener una respuesta en la punta de la lengua, sin notar que muchas veces proviene de la cultura o la religión en la que estamos inmersos. Pero hagamos el ejercicio de intentar dejar de lado estas ideas heredadas y de profundizar la discusión sobre cómo establecer nuestros preceptos morales. Frente a todos los dilemas contemporáneos, ¿cómo podemos tener una conversación seria, transparente y responsable para establecer nuestros preceptos morales y legislar en consecuencia?

Por ejemplo, ¿qué vamos a hacer con los conocimientos actuales en genética y neurociencia? ¿Qué hay respecto de la fecundación in vitro y la creación de humanos de diseño? ¿Y los robots hechos de material biológico? ¿Debemos tener consideraciones morales hacia ellos? ¿Y hacia los embriones humanos? ¿Qué hay acerca de la muerte clínica de una persona? ¿Cuándo “está bien” dar por muerto a alguien? ¿Cómo incorporar los conocimientos de la genética y la neurociencia en nuestras políticas públicas en educación y salud? En relación a todos estos temas cruciales, ¿qué principios, qué verdades podemos tomar como axiomas, como evidentes a priori, a partir de los cuales encarar estos dilemas morales? La respuesta a esta última pregunta será no sólo nuestro punto de partida, sino a su vez la expresión de nuestros deseos como sociedad, porque al elegir estos principios estamos definiendo también el horizonte hacia el que queremos navegar.

Al hablar de axiomas morales, es probable que un candidato surja inmediatamente: no matarás. Pero es fácil encontrar excepciones a esta verdad; desde la defensa personal a las guerras de liberación, hay muchas circunstancias en las que estaremos de acuerdo en que matar se justifica, es decir, lo consideramos moralmente aceptable. Una segunda opción, que la mayoría solemos descartar por la misma razón, es la “regla de oro”, expresada de diferentes formas en diferentes culturas y que suele proponerse como “no hagas a los otros lo que no te gustaría que te hicieran a ti”. Pero estamos en la misma que con el “no matarás”. A mí no me gustaría que me mataran, pero puedo imaginar muchas circunstancias en las que esto estaría justificado. 

No estoy queriendo decir que “la regla de oro” no sea tremendamente útil o que no sea bueno tomarla como verdadera en muchas circunstancias. Creo que es fundamental en educación, por ejemplo. Todos en general se la explicamos a los niños al educarlos. Cuando uno de mis sobrinos le hace una maldad al otro, enseguida le pido que reflexione en esos términos: “¿Te hubiese gustado que él te hiciera lo mismo a vos? Si no, entonces no se lo hagas vos a él”. Lo que quiero decir es que es un principio que, si bien es aplicable y práctico en el día a día, enseguida es fácil encontrar ejemplos en los que su aplicación no nos da respuestas. Entonces ¿puede esta regla derivarse de principios más generales que nos permitan abordar también esas situaciones más complejas? Yo creo que sí, e intentaré explicitarlos a continuación, siempre con la intención de exponer las ideas y conversar acerca de cuáles deseamos que señalen nuestro norte moral. 

Creo que podemos llegar a acuerdos básicos que sean independientes de las religiones o las culturas propias de cada persona o sociedad. En particular, hay dos principios que definen mis puntos de partida, y que propongo como axiomas a partir de los cuales derivar otros preceptos.

 

El Principio de igualdad

El principio de igualdad de los seres humanos no es una descripción de una supuesta igualdad de hecho entre los seres humanos: es una prescripción sobre cómo debemos tratar a los seres humanos.

Peter Singer, Liberación animal

 

Existe un viejo concepto de la filosofía de la moral que ha sido abordado por infinidad de pensadores y que quedó plasmado en todas las constituciones de nuestras democracias modernas: el principio de igualdad. Es el primer axioma moral que, sin intención de justificar con argumentos o evidencias, propongo que acordemos. Este principio se asocia al “liberalismo clásico”, un concepto amplio que engloba ideas filosóficas, políticas y sociales que se desarrollaron fuertemente durante los siglos XVII y XVIII y que dieron origen al capitalismo moderno y las democracias liberales. La semilla de este concepto aparece, cuándo no, en los filósofos griegos, en particular en obras de Heródoto y Tucídides. En Estados Unidos, el principio se establece en la Decimocuarta Enmienda a la Constitución; en Argentina, está reconocido en el artículo 16 de la Constitución Nacional. Entre los filósofos de hoy dedicados a la reflexión sobre el significado profundo de este principio, tal vez el más conocido sea el australiano Peter Singer, profesor de Filosofía de la Moral en Oxford y autor de Liberación animal, libro publicado en 1976 y que es algo así como el manifiesto comunista de los vegetarianos (otros autores que me marcaron profundamente en el desarrollo de las ideas sobre la igualdad y la moral que intento transmitir son los norteamericanos Sam Harris y Matt Dillahunty, y la filósofa canadiense Patricia Churchland).

Cuando en nuestras constituciones nacionales decimos que los seres humanos, sin distinción de nacionalidad, credo o sexo, somos iguales (iguales ante la ley), ¿qué queremos decir? En la interpretación más aceptada hoy en día (al menos la más aceptada por los filósofos que he leído), quiere decir que, a pesar de que somos diferentes, nuestros intereses deben ser considerados por igual.

El principio de igualdad es, entonces, el principio de igual consideración de intereses. No implica igualdad de hecho. No somos iguales. Ni siquiera supone igualdad de derecho: sería absurdo luchar, por ejemplo, por el derecho al aborto para los hombres (cis). El hecho de que seamos diferentes implica que la igual consideración de intereses pueda implicar derechos diferentes para personas diferentes. Lo mismo ocurre con los animales no humanos: aunque aceptemos que deben tener ciertos derechos, porque tienen capacidad de sufrimiento, sería absurdo luchar por su derecho a votar o a manejar.  

Algo importante a señalar es que en esta propuesta el principio de igualdad es una máxima que no depende de que las facilidades o dificultades, los rasgos de personalidad, las preferencias, los gustos o los deseos sean en promedio igual entre, por ejemplo, varones y mujeres, o entre dos grupos humanos cualesquiera. Por lo tanto, no existe descubrimiento científico que pueda ponerlo en jaque. Durante mucho tiempo, para discriminar a mujeres y afrodescendientes se usaron argumentos supuestamente científicos (y ahora probadamente falsos) que decían que tanto las unas como los otros eran menos inteligentes que los varones blancos. Como estas investigaciones fueron retractadas, esos argumentos se cayeron por su propio peso. Pero es importante notar que el principio de igualdad no tiene que estar basado en una igualdad de hecho. Aun si se descubriera que nuestras cogniciones son en promedio diferentes (como, de hecho, parece ser el caso para la superior fluencia verbal de las mujeres en comparación con los varones, por ejemplo), eso no cuestionaría de ninguna manera el principio de igualdad. 

Este es entonces el primer axioma moral que nos servirá de guía; no requiere justificación ya que es un principio que aceptamos como verdadero: nuestros intereses deben ser considerados por igual (lo cual, de nuevo, no equivale a decir que somos iguales, ni como individuos, ni los diferentes grupos de personas en promedio)

Vayamos ahora el segundo de los axiomas que propongo como punto de partida para establecer preceptos morales.

 

Dios aparte: hacia una moral secular

Las religiones, además de ser sistemas de creencias y valores, pueden entenderse como tradiciones culturales. Una persona puede considerarse católica, presbiteriana o judía aun siendo atea o agnóstica, porque puede no creer en la existencia de Dios y de cualquier fenómeno paranormal, pero sentirse parte de una tradición, de una cultura. Muchas personas festejamos Navidad sin ser cristianos, por ejemplo, y en ese sentido somos un poco cristianos culturales.

En el hermosísimo y reciente libro For Small Creatures Such as We (Para pequeñas criaturas como nosotros), Sasha Sagan (hija de Carl, criada en una familia completamente secular) escribe:

Para mí, lo peor de ser secular es la falta de una cultura compartida. Puedo vivir sin vida después de la muerte, puede vivir sin un Dios. Pero no sin celebraciones, no sin comunidad, no sin rituales […] Desde que busco formas de honrar las maravillas de la vida, me he encontrado inventando nuevos rituales. A veces descubro que puedo resignificar las tradiciones de mis antepasados para celebrar lo que yo creo que es sagrado.            

Sasha Sagan se considera a sí misma atea, pero judía, y no encuentra una contradicción en eso. 

Muchas personas utilizan también el concepto de Dios sin necesariamente seguir una  religión tradicional. “Dios no juega a los dados” y “Quiero conocer el pensamiento de Dios” son frases de Einstein (de las de verdad). Pero ¿creía Einstein en Dios? En realidad, no. El tema de Dios y las religiones lo toca en varios escritos, incluso en ‘Mi visión del mundo’, su texto autobiográfico más conocido. En particular, en 1954, en una carta al filósofo Eric Gutkind, decía “La palabra Dios para mí no es más que la expresión y producto de las debilidades humanas; la Biblia, una colección de honorables pero aún primitivas leyendas que, sin embargo, son bastante infantiles”. Einstein usaba la palabra “Dios” como licencia literaria para referirse a las leyes de la física o a los misterios de la naturaleza. 

Alberto Caeiro, uno de los heterónimos del gran escritor portugués Fernando Pessoa, usa el mismo recurso −pero explícitamente− en su poema más famoso, ”El guardador de rebaños”:

Mas se Deus é as flores e as árvores

E os montes e sol e o luar,

Então acredito nele,

Então acredito nele a toda a hora,

E a minha vida é toda uma oração e uma missa,

E uma comunhão com os olhos e pelos ouvidos.Mas se Deus é as árvores e as flores

E os montes e o luar e o sol,

Para que lhe chamo eu Deus?


(Pero si Dios es las flores y los árboles/ y los montes y el Sol y la luz de la Luna,/ Entonces creo en él,/ Y mi vida es entera una oración y una misa,/ Y una comunión con los ojos y por los oídos.

Pero si Dios es las flores y los árboles, / y los montes y la luz de la Luna y el Sol, / ¿Para qué lo llamo Dios?)

 

“¿Para qué lo llamo Dios?”. Para provocar, tal vez. En mi caso particular, no niego la existencia de ese Dios. Supongo que nadie lo haría. Si por “Dios” nos referimos al misterio de la existencia, a la naturaleza o a las leyes del Universo, sería imposible decir que no existe. En cualquier caso, es un Dios cuya existencia no debería modificar la conversación sobre ciencia y moral que propongo: no nos dice nada sobre qué axiomas o preceptos morales deberíamos establecer como sociedad. Ya sea metafórico, literario, o incluso un simulador de conciencias, este Dios no tendría por qué tener jurisprudencia en territorios morales.

En cambio, el Dios de las grandes religiones −si existiera en cualquiera de sus configuraciones (el de la Biblia, la Torá o el Corán, por ejemplo)−, tendría enorme relevancia en esta conversación, expresándose a través de libros sagrados que sirven, también, de guía moral. La religión musulmana, por ejemplo, muchas veces tiene una visión más abierta que otras respecto al aborto: en ningún país de mayoría musulmana el aborto está completamente prohibido. En su libro sagrado no hay ningún párrafo sobre la sacralidad de la vida desde la concepción, algo que sí ocurre en la Biblia cristiana. Las cosas en las que creemos, las ideas que aceptamos como verdaderas, influyen en nuestra manera de vivir, en nuestros valores y en nuestros preceptos morales, y eso vale también para la aceptación de la existencia de textos sagrados

Yo creo, en cambio, que las verdades sobre el mundo, incluso las morales, deben ser  encontradas prescindiendo del concepto de libro sagrado o de Dios. Esto es lo que en general llamamos “moral secular”, en oposición a las morales que se basan en libros sagrados, en oposición a la “moral religiosa”. 

Así llegamos al segundo de los dos axiomas que propongo como punto de partida para nuestra brújula: la moral que elijamos para organizarnos como sociedad debe ser secular. El aceptarlo como verdad sin pretensión de justificarlo no significa que no existan buenas razones para tomarlo como punto de partida, algo que intentaré argumentar a lo largo de todo este proyecto. 

Tampoco implica desestimar la importancia de reflexionar sobre el concepto de Dios. Me parece una conversación importantísima. Pienso que la idea de Dios es tan bella como peligrosa, pero ese debate excede este escrito. Creo que no es posible probar que Dios no existe, de la misma manera que es imposible demostrar que no existen los unicornios. Como diría el filósofo y matemático británico Bertrand Russell, no se puede probar que no existe una tetera orbitando alrededor del Sol entre Marte y la Tierra, pero eso no quiere decir que no tengamos buenas razones para creer que no. De cualquier manera, como dijimos, si aceptamos la premisa arbitraria de que la moral debe ser secular, para lo que buscamos no es relevante la pregunta de si Dios existe o no. 

Es en base a estos dos puntos de partida (el principio de igualdad y la moral secular) que creo posible derivar otros preceptos morales tremendamente útiles a la hora de conversar sobre los desafíos urgentes planteados por las investigaciones sobre la biología del comportamiento humano modernas. Pienso incluso que estos principios pueden ayudarnos a navegar escenarios conocidos y potenciales más allá de los temas principales que abordamos en este libro, y quizás, más temprano que tarde, avanzar en la inclusión de otros seres sintientes animales no humanos en la conversación acerca de cómo podemos (y debemos) vivir y relacionarnos entre las conciencias del Universo.  

 

 

Andrés Rieznik

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Andrés Rieznik

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Físico devenido en neurocientífico. Investigo sobre aprendizaje, educación y cognición. Enseño sobre comportamiento humano. Me gusta la magia y la comunicación y, por alguna extraña razón, recibí un Martín Fierro.

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The Negra

En esta nota se anda diciendo...

Ana Rosa Cantiello

23/07/2020

Ana Rosa Cantiello

Excelente nota!! y sin duda importantísimo el establecer un punto de partida (las dos premisas consideradas) para toda discusión sobre temas que imponen desafíos urgentes.
Estoy ansiosa por tener el libro en mis manos.

Iliodi

23/07/2020

Iliodi

Algo que quizá sea relevante para cuando vayas escribiendo el libro… Siendo temas tan espinosos estos, y habiendo debate hoy día por ejemplo de si la inteligencia general se correlaciona o no con la “inteligencia”, “que es la inteligencia”, tanto como el como se realizan estudios que buscan correlación entre cosas genéticas y etc, que procedimientos se realizan y si hay críticas bien fundadas sobre las conclusiones de los mismos (ejemplo, cuando se habla de la relación entre “raza” y marcadores genéticos, los estudios que se han hecho parecerían tener el sesgo de ya asumir la respuesta en ciertos aspectos, y extrapolar de modo dudoso luego; o por el otro lado, asumir que gemelos heterocigoto tienen el mismo ADN sin verificar si hay mutaciones con un testeo, o no revisar si en el momento de dar en adopción no se eligieron características en las familias que puedan llevar a que haya una correlación mayor en el ambiente que la que se tendría con familias verdaderamente elegidas al azar).

Perdón por hablar de modo tan asquerosamente soberbio. Linda nota :)

Gasti Salgado

22/07/2020

Gasti Salgado

Muy interesante y atrapante todo, con ganas de tenerlo y poder leerlo todo.

Un tema que creo que se relaciona un poco con todo lo aca escrito es el libre albedrio, o que tan libres somos de tomar diferentes acciones. Es posible que nuestros genes/crianza o el estado de nuestro cerebro afecten nuestras decisiones? (Recomiendo el libro Free will de Sam Harris)
Pero por otro lado, creo que es necesario pensar en esto al momento de pensar la moral, es inmoral hacer algo si no podes hacer otra cosa? Si podes pero estas parcialmente afectado en tu decision por estas genes/crianza?

Todo muy interesante y con ansias de poder leer. Espero que hayan cada vez este tipo de conversaciones
Abrazo

Federico Daniel Wickel

21/07/2020

Federico Daniel Wickel

Andrés, tremendo fragmento del libro que, estoy esperando con muchas ansias que llegue para devorarlo.
Hay dos libros que estoy leyendo que complementan muy bien las ideas y percepciones que expresas, por las dudas comparto los títulos: “Guía del universo para escépticos” de Steven Novella y “La mente de los justos” de Jonathan Haidt. Ambos los conseguí (en castellano) en el exterior. Eso a modo de comentario.
Segundo y, transparentando mi posición: yo creo en la existencia de Dios, pero también comprendo que estados/sociedades que propician la separación o independencia del estado y la religión, tienen posibilidades de ser más justos y/o igualitarios entre otras cosas, para permitir debates como los que mencionas.
Ahora, te consulto, tomando la base de que la Biblia u otros libros de otras religiones forman parte de la cultura, ¿no podrían ser ellos sustento para debatir estas ideas en búsqueda de una moral holística? ¿La incapacidad de probar la existencia de Dios (cosa que coincido; empíricamente es imposible) es un determinante para excluir “su palabra”, esto es, la Biblia de la conversación? ¿No crees que la religión, como fenómeno ancestral y tan presente en nuestra identidad humana (mucho leí al respecto en los libros de Jared Diamond), es un elemento importante a considerar para esbozar un concepto de moral? Con esto no intento contradecirme con lo que dije al principio. Lamentablemente la religión, creo, ha malinterpretado muy mal a Dios pero, me pregunto, ¿una re-interpretación de Dios no sumaría en esta búsqueda de la moral? En esa reinterpretación, entiendo que ninguna autoridad humana debería “mediar” el entendimiento y ser el filtro de comprensión.
En fin, tal vez esté equivocado en mis aportes y apreciaciones. Simplemente transparenté mi posición y en base a la misma intento hacer algún comentario que sume a este tema que me interesa muchísimo y que admiro enormemente que lo estés poniendo “arriba de la mesa” para debatirlo.
Te mando un abrazo.

Silvio Guillermo Sanso

20/07/2020

Silvio Guillermo Sanso

Excelente nota. Gracias por estimular el pensamiento.

Agustín Martinez Suñé

20/07/2020

Agustín Martinez Suñé

Muy interesante el texto y muy necesario abordar la conversación acerca de nuestras posturas morales desde un punto de vista secular. Me surgen dos comentarios/preguntas.

– A la hora de hablar sobre Dios como equivalente a la naturaleza estaba de alguna manera esperando que apareciera en escena Spinoza al menos como referencia para entender esa postura desde la filosofía. Tengo entendido que Einstein en distintas oportunidades se identificó con el Panteísmo que propone Spinoza. ¿Pensás que la perspectiva panteísta es en última instancia el uso de la palabra ‘Dios’ como licencia literaria? También es cierto que a la hora de escribir un texto hay que elegir y no se puede profundizar todo, así que lo entiendo por ese lado.

– Sobre los dos axiomas, ¿pensas que están al mismo nivel o están organizados en alguna jerarquía? Lo digo porque el axioma de igualdad me pareció encajar con mi intuición de lo que es un axioma moral (prescribir cómo debemos actual en el mundo) mientras que el axioma de secularidad me pareció más una suerte de ¿meta-axioma? (no prescribe un comportamiento sino cuáles son los preceptos que tenemos que elegir para construir nuestro sistema moral). ¿Te parece que tiene sentido esta distinción? En cualquier caso, supongo que quedará más claro cuando se empiecen a usar estos axiomas para abordar dilemas morales en los próximos capitulos. Y, probablemente, es una distinción formal que no es del todo útil para los propósitos del libro.

Espero los siguientes capítulos, un abrazo!

Maximiliano Zeller

20/07/2020

Maximiliano Zeller

Un par de cosas:

Lo de la “información” genética es una metáfora, hay todo un debate filosófico al respecto acerca de qué quiere decir esa metáfora, pero no es algo literal. También hay otro debate acerca de los distintos conceptos de gen, que no es lo mismo para la biología molecular que para la genética de poblaciones u otras ramas de la biología.

“En su libro sagrado no hay ningún párrafo sobre la sacralidad de la vida desde la concepción, algo que sí ocurre en la Biblia cristiana.”

No soy un experto en la biblia pero creo que en ninguna parte de la biblia dice eso (salvo alguna interpretación muy metafórica y rebuscada de algún pasaje perdido), es más, San Agustín y sobretodo Santo Tomás estaban de acuerdo con el aborto hasta los 3 meses (porque es cuando el feto toma “forma humana”, y forma = alma (forma en griego = eidos = idea, cosas de Aristóteles)). Recién en 1869 el catolicismo se aleja de la interpretación de Santo Tomás y rechaza todo aborto, una práctica más que común en todas las culturas de todos los tiempos.

Por cierto, el Dios que habla Pessoa es el que menciona otra respuesta de Einstein no citada cuando le preguntan si cree en Dios y responde: “Sí, en el Dios de Spinoza”. Que eso sea realmente Dios fue un lindo debate en la modernidad temprana.

Un libro que recomiendo para tener en cuenta que tampoco es tan sencilla la diferencia entre hechos y valores es justamente “El desplome de la dicotomía hecho-valor” de Hilary Putnam.

Hay más cuestiones, pero lo dejo acá.

PD chicanera: ¿editarían un libro sobre física escrito por un filósofo?

¡No cualquiera llega hasta acá!

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