28/06/2020

Tercera Entrega

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Juan Cruz Balián

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The Negra

Una novela de ciencia ficción

Bajaron una escalera y se internaron por un pasillo angosto. A esa altura, la luz de los tubos había sido reemplazada por el amarillo de las lamparitas que colgaban directamente de los cables, a intervalos regulares, rebotando acá y allá en la humedad de las paredes. El frío aumentaba un poco a cada paso y a su vez los pasos variaban de ruido como si se imprimieran sobre superficies de distintas naturalezas. A veces parecía que pisaban sobre arena crujiente, sin duda antiguos residuos de la construcción del edificio. 

A medida que avanzaban, crecía en Jonás la sensación de que ese sector del Ministerio no recibía demasiadas visitas. Y que no se dirigían a un archivo de consulta, sino a una especie de cementerio de expedientes. Adelante, la silueta gruesa de Maroni no paraba de hablar. Su voz se proyectaba y volvía reverberada:

―No esperes encontrarte nada muy ordenado. Acá viene a parar lo que ya no sirve, lo que ya se entregó, cosas que las áreas se quieren sacar de encima. Una vez hubo que rastrear un pedido de un subsidio para una señora que se había muerto, lo archivaron y después resultó que no, no se había muerto nada, un malentendido. Lo tuvimos que buscar pero no lo encontramos nunca. Hicieron un expediente nuevo, lógico. Después la señora se murió de verdad. Le faltaba una firma. Una locura este invierno. 

Pasaron un par de bifurcaciones y doblaron una vez. Llegaron a una puerta sin picaporte. El tipo la empujó y encendió la luz.

Se abría ante ellos una habitación atestada. Una serie de estanterías habían sido dispuestas en hilera para contener los expedientes pero la capacidad del archivo había colapsado y ahora los expedientes descansaban en todo tipo de superficies. Los había sobre el piso, sobre sillas, sobre otros expedientes.

Maroni notó el desconcierto y lo rescató: 

―Estas pilas de acá son las últimas. Si lo archivaron por error, tiene que estar ahí. Pero te recomiendo que te las lleves. Si te quedás revisando acá, te vas a congelar los huevos. 

Tenía razón. Jonás se daba cuenta por las suelas de los borcegos; el frío las endurecía.

Maroni hizo aparecer una zorra de dos ruedas –Jonás no supo de dónde– y lo observó fumando mientras él cargaba la mayor cantidad de carpetas que podía. Más de la mitad tuvieron que quedar a la espera, pero Jonás decidió que tenía lo suficiente para empezar. Al menos para emerger a la superficie y presentarse ante Vergara, si no triunfante, por lo menos industrioso.

 

Varias cabezas lo siguieron mientras empujaba la zorra hasta su escritorio. Se sentó y agarró la primera carpeta. Vergara apareció como si pudiera sentir el olor de los expedientes pero, tan pronto supo de dónde venían, recuperó el escepticismo. Jonás tuvo que explicarle paso a paso sus pesquisas hasta el archivo. 

―¿Y vos creés que lo mandaron ahí por error?

―No sé, pero puede ser. 

―Otras cagadas se han hecho en este lugar ―concedió Vergara.

Jonás sacó el papelito rosa del bolsillo y se lo alcanzó:

―Ya que te tengo acá, decime, el dígito verificador… ¿es un cuatro o un nueve? 

Vergara lo examinó a diferentes distancias, frunció el entrecejo y se lo devolvió.

―No sé, a mí me lo dieron así. Probá los dos. 

Jonás volvió a guardar el papel. Después agarró otro expediente y chequeó el número en la primera página. No era. Lo dejó a un costado y agarró otro. 

―Bueno… ―Vergara se demoró a mitad de frase, indeciso―. ¿Necesitás una mano? 

Jonás levantó la vista. La puerta de la oficina de Vergara estaba cerrada y su abrigo y su maletín descansaban sobre el escritorio de la secretaria. Se estaba yendo temprano, lo cual sólo podía significar una cosa: tenía que llegar a casa antes del atardecer para celebrar el sabbat, y temía que la noche lo sorprendiera manejando. 

―En absoluto, Claudio, andá tranquilo. Seguro está acá. Y si no, bajo a buscar otra pila. Me dijo el amigo del subsuelo que me maneje con confianza. 

―Te agradezco tanto, Jonny. En serio, gracias. ¿Me lo dejás en el escritorio cuando lo encuentres? 

―El lunes lo encontrás ahí. 

―Gracias, Jonny. Sos un crack. 

Vergara se alejó dos pasos y volvió. Sacó un manojo de llaves inusitadamente generoso, separó una chiquita y se la ofreció. 

―Me olvidaba. Vas a necesitar esto.

Jonás asintió con la cabeza y se guardó la llave en el bolsillo. Vergara volvió una tercera vez:

―En serio, tiene que aparecer.

―No se diga m…

―No me pongas en la horrible situación de hacerte echar. 

 

La pila se acabó y hubo que bajar a buscar otra. Volvió a cargar todo en la zorra y la empujó hasta los ascensores. Marcó el primer subsuelo.

El jefe de Maestranza se había ido, quedaban algunos empleados y un olor a tabaco frío. Jonás se enfrentó a la escalera y dudó un momento. A la ida, había contado con la ayuda del tipo para subir con la zorra. Ahora, estando solo, la cosa se complicaba un poco más. 

Al final, resolvió bajar en varias veces los expedientes en la mano y luego la zorra vacía. Volver a cargarlos y avanzar por el pasillo. 

Recordaba cómo llegar. Había que doblar una vez y dejar atrás dos bifurcaciones. No era un recorrido largo, sólo un poco intrincado. 

Al pasar la primera bifurcación, oyó un ruido de máquinas. Eran los ascensores, que a esa hora andaban particularmente activos. Según le había comentado el tipo, las máquinas funcionaban en ese nivel, lo cual explicaba por qué los ascensores no podían descender más allá del primer subsuelo. 

En la segunda bifurcación se desprendía un pasillo largo, igual de penumbroso, pero una luz brillaba al final, donde otro pasillo lo interrumpía. Jonás no recordaba haber visto esa luz la primera vez y se preguntó qué funcionaría allí. El Ministerio se había convertido, en un solo día, en un laberinto inabarcable. Recordó las historias de viejos túneles bajo la ciudad, pasajes secretos para tiempos de guerra e intrigas, en tiempos de pólvora y caballos. Tal vez estuviera en las inmediaciones de algo así, consideró. Era absurdo, pero no encontraba otra forma mejor de explicar esa sensación de aventura, dulce como un miedo infantil. La sensación se cortó de golpe cuando, por el pasillo del fondo, vio pasar a Soto en dirección hacia la luz. Iba completamente desnudo, doblemente desnudo si se contaba la falta de vello en todo el cuerpo, que hacía resplandecer la piel colorada, los músculos compactos y elásticos. 

Jonás no respiró, no se movió, no parpadeó. Pero de algún modo Soto supo verlo. Interrumpió su marcha justo antes de desaparecer tras la pared del pasillo, giró la cabeza y lo miró. Jonás quiso moverse y se movió, un segundo tarde, un segundo de más se quedó observando el pene de Soto, que colgaba en dirección a sus pies descalzos. Después, sumido en la más profunda vergüenza, se apuró en dirección al archivo. 

 

El frío era crudo pero Jonás transpiraba. Mientras descargaba los archivos intentaba descifrar la presencia de Soto ahí abajo, Soto desnudo, mirándolo. ¿Qué hacía Soto desnudo en el segundo subsuelo del Ministerio? Antes de entrar en pánico, se ofreció a sí mismo la explicación más sensata: los empleados de seguridad utilizaban uniforme, por lo tanto precisaban un lugar donde cambiarse. Allí habría un vestuario, o por lo menos un baño que funcionase como tal. Esa era la explicación. Soto se estaba yendo. Era evidente. Se estaba cambiando para irse. ¿Por qué entonces seguía nervioso? ¿Por la mirada torva de Soto? ¿Por el tamaño del pene? ¿Por si se le aparecía ahora, en el archivo, desnudo, enojado, loco? Abandonó la idea de revisar el resto del archivo. Cargó la zorra con la pila que tenía a mano y se apuró a salir. Mientras avanzaba por la penumbra del pasillo, escuchó el sonido de un expediente al caer al suelo, pero no se detuvo. Al contrario, aceleró el paso y las ruedas de la zorra chillaron un poco más.

Al pasar por la bifurcación, evitó a toda costa mirar. Incluso aunque eso significara seguir avanzando sin saber si acaso él sí había sido visto, otra vez, desde el fondo del pasillo. Si Soto había permanecido ahí, a la espera, y ahora caminaba detrás de él, silencioso, desnudo e inexplicable, acortando distancias mientras él luchaba por subir la zorra por la escalera, tironeaba y cada escalón ganado era un pequeño escándalo de metal golpeando la loza. Pero ya era tarde para cambiar de estrategia. 

Tiró, subió y emergió por fin a un primer subsuelo casi vacío. Tomó el ascensor. Llegó al tercer piso y dejó los expedientes sobre el escritorio mientras varios de sus compañeros agarraban abrigos y empezaban a retirarse. De afuera entraba apenas una luz gris oscura que ya no iba a durar. Las luces de la calle quedaban abajo, a la altura del primer piso, y el resplandor en la nieve no llegaba a subir, perdía fuerza en algún lugar del camino, se disolvía en la negrura. Jonás miró las ventanas una única vez antes de sentarse: el mundo exterior se había borrado y en los vidrios empezaba a espejarse el interior de la oficina. 

 

El edificio estaba silencioso. Excepto tal vez por el zumbido de la calefacción. Jonás nunca lo había notado antes, nunca había sabido diferenciarlo de todos los otros sonidos del Ministerio en actividad. Pero ahora que todo lo demás se había callado, se había guardado, se había retirado, el sistema de calefacción se despegaba del silencio y cantaba solo, constante, para él. 

Agarró otro expediente de la pila. Confirmó el número. No era. Lo dejó. Agarró otro. Tampoco. Uno más. Se parecía. Se parecía el número pero no era. Los primeros cuatro dígitos indicaban el año y ese era otro año. Casualidad. Siguió mirando y dejando, erosionando una pila y construyendo otra. Tenía hambre. ¿Qué hora era? Sacó el teléfono: ocho y cuarto. Emilia estaría empezando a preocuparse. “Me retrasé. Vergara me pidió un laburo. Voy a llegar tarde. No te preocupes.” Apretó enviar. En la esquina superior del teléfono, el símbolo de la batería agonizaba en rojo. Pensó en llamar a Emilia desde el teléfono fijo de su escritorio pero no, con el mensaje alcanzaba, se dijo. Mejor apurarse, mejor terminar y volver.

Miró otro expediente. Tampoco. 

Se le ocurrió de pronto que no estaba solo en el edificio. Soto se habría ido, pero necesariamente tenía que haber un guardia de seguridad, alguien del turno noche, un sereno. O sea que, lo que sí podía hacer desde el teléfono fijo era pedir comida. De hecho, convenía hacerlo antes de que fuera demasiado tarde. Revolvió en su cajón hasta encontrar un folleto. Llamó. Nada. Probó con otro número. Tampoco. En el centro, los locales de comida funcionaban con el ritmo de las oficinas; a esas horas ya todos estarían cerrados hasta el lunes. Tendría que probar con un restaurante, gastar más, sí, pero comer. 

A menos que, claro, el siguiente expediente fuera el que estaba buscando. Ahí sí, podía dejarlo en el escritorio de Vergara con un simpático cartelito e irse a casa, abrazar a Emilia y pelearse con el gato, o viceversa. 

Agarró otro expediente de la pila. Los números coincidían. No lo podía creer. El año estaba bien, los dígitos del medio estaban bien. Abrió la carpeta en busca de notas, pliegos, licitaciones millonarias. Encontró apenas una solicitud de un subsidio de leña por parte de un club remoto, de una localidad remota. Volvió a la portada. El cuatro, el cuatro era el problema. Tenía que ser un nueve, pero era un cuatro. Casi, pensó, como si la diferencia de un dígito significara algún tipo de aproximación, como si ese dígito fuera una señal de que el otro expediente estaba en algún lugar muy cerca.

Miró alrededor. Era raro estar ahí ahora que todos se habían ido. Las luces encendidas eran las mismas, pero eran las sombras las que cambiaban. Ya no había cuerpos proyectando esas sombras, arrastrándolas de acá para allá a lo largo del piso. Ahora era la luz de los tubos cayendo sobre las cosas y cada cosa apoyada sobre su propia sombra, y nada más. 

Se levantó y buscó en otros escritorios, los mismos folletos de siempre, alguna pizzería que no le gustaba. En el escritorio de la secretaria de Vergara, en una carpeta negra, anillados y ordenados, encontró una veintena de folletos. Lucían viejos, probablemente los precios estaban desactualizados, pero no importaba. Eligió el del restaurante caro, el que estaría abierto a esa hora para recibir a la gente que salía de los teatros. Llamó. Tenían empanadas de carne, claro que tenían. Carne importada de suelos tropicales, un poco menos endurecidos por el frío, carne cara y lujosa, pero carne. Pidió cuatro. Iban a tardar una hora. 

 

La primera pila terminó. Quedaba la segunda. Los números en las carátulas denunciaban que eran expedientes del año pasado, pero tal vez valía la pena revisarlos, por si el que buscaba se había traspapelado ahí. Pero era una razonamiento poco eficiente; con esa misma lógica tendría que revisar todos los expedientes del Ministerio desde su creación. Agarró el primero, lo miró y lo dejó a un costado. Después, el siguiente y tres más. Para colmo, la comida se demoraba.

Decidió bajar. Lo mejor era presentarse, avisarle a quien fuera que estuviera ahí que él permanecía en el edificio por razones de fuerza mayor, que trabajaría hasta tarde. Caerle bien. Encomendarle que estuviera atento al delivery. Preguntarle, como quien no quiere la cosa, si había un vestuario en el segundo subsuelo. Mientras esperaba el ascensor, pensó que había estado mal, que tendría que haber bajado primero, averiguar si el guardia también quería algo. Mejor aún: preguntarle dónde pedía él su comida. Seguro conocía los mejores lugares. Los más baratos. 

La puerta del ascensor se abrió en planta baja y una corriente fría le dio de lleno en la cara. Era un viento helado, que olía a gasoil quemado y a desodorante para hombres. Instintivamente redujo el ruido de sus pasos, dobló despacio el recodo y accedió al hall enorme junto al mostrador de Seguridad. Encima del mostrador, un televisor pequeño reproducía dibujos animados. Luego se extendía el mármol a lo largo de muchos metros hasta la puerta de entrada. 

La puerta estaba entreabierta. Los faros de un cuatriciclo con orugas, puesto en marcha, apuntaban hacia el edificio y estallaban en el vidrio recortando dos siluetas. Del lado de afuera, la del empleado de delivery con chaleco refractario que le entregaba por la hendija un paquete a la otra silueta, la de Soto, del lado de adentro, inconfundible, que lo recibía. Los mechones colorados y mojados le mordían el cuello de la remera mientras pagaba. Luego se giró y los trapecios que le apuntalaban la cabeza se estiraron como tubos neumáticos. Incluso a la distancia Jonás pudo ver la piel clara resplandeciente, recién bañada.

Los ojos de Soto le cayeron de lleno y Jonás se paralizó como una liebre encandilada. Abrió la boca para esbozar un saludo, una excusa, un reclamo. Esas son mis empanadas, pensó. No alcanzó a decir nada. Los ojos de Soto siguieron su camino, volvieron al paquete y se cerraron cuando lo levantó para olerlo. Sonreía todavía mientras se acomodaba atrás del mostrador. Los faros del cuatriciclo retrocedieron y el hall del Ministerio volvió a sumirse en una penumbra controlada: la mitad de los tubos fluorescentes apagados. Jonás comprendió que se encontraba en una zona de sombras, y que por algún milagro de la óptica su presencia aún no había sido detectada. 

Lentamente, retrocedió. 

Parapetado atrás de una columna, cerca de las escaleras, se dedicó a observar. Alcanzaba a ver la nuca de Soto y una esquina de la pantalla del televisor. Los dibujos animados habían entrado en una tanda publicitaria, pero a Soto no pareció importarle. Cada tanto una mano emergía cargando una empanada, desaparecía detrás de la cabeza colorada y volvía a descender, con la empanada mermada por uno o dos mordiscos. 

El olor de la carne se expandía despacio y el estómago de Jonás crujió. Tuvo miedo de que su respiración lo delatara. Lo único peor que presentarse de golpe ante Soto, a solas, de noche, después del episodio en el subsuelo, hubiese sido que Soto lo descubriera espiándolo. Y aun así, no podía dejar de hacerlo. Que Soto estuviera haciendo doble turno no le llamaba demasiado la atención. Que lo hiciera en remera y jogging, sin embargo, que lo hiciera comiéndose sus empanadas, mirando dibujos animados, sin ningún temor a ser descubierto, eso era más difícil de ignorar. 

La tanda terminó y los dibujos volvieron. Soto subió el volumen y siguió comiendo. Jonás observaba cada bocado. Los contabilizaba. Así supo, cuando Soto apagó el televisor y se puso de pie con el paquete en la mano, que en ese paquete aún quedaba una empanada intacta. 

El teléfono le vibró en el bolsillo. Fue apenas un zumbido, el espasmo del aparato amortiguado por el muslo, pero en la quietud del hall, doblemente silencioso ahora que el televisor estaba apagado, a Jonás le pareció un sismo en miniatura. 

Soto bordeó el mostrador y por un momento Jonás pensó que estaba perdido. Incluso si no lo había oído, bastaba con que ahora Soto se dirigiera hacia las escaleras para que pasara junto a él y lo descubriera. No lo había previsto y no quedaba tiempo para escapar. Lo mejor era salir. Fingir que acababa de bajar, preocupado porque las empanadas no llegaban, cruzárselo casualmente. Hacer de cuenta que no veía en las manos del guardia el paquete que debía ser suyo, que no le parecía en absoluto extraña esa remera, ese caminar descalzo por el Ministerio, como no era raro en absoluto que él estuviera hasta esa hora buscando un expediente. Eso, pensó, debía hacerle un chiste sobre el expediente. Reírse juntos de tipos como Vergara. Ponerlo de su lado. Al fin y al cabo, eran dos trabajadores ganándose el pan a contramano del reloj de los otros, en medio de un invierno despiadado. 

Pero Soto no fue hacia las escaleras. Se detuvo antes, delante de una puerta metálica, de una sola hoja, con un dispositivo de cierre automático adosado arriba. Estaba pintada del mismo color que las paredes, en un intento de disimularla pero sin pretender esconderla. Sacó un manojo de llaves del bolsillo y encajó una en la cerradura. Abrió con media vuelta y desapareció. La puerta quedó un momento en suspenso, luego comenzó a cerrarse sola traccionada por el brazo hidráulico. 

Jonás supo de inmediato que no debía meterse en los asuntos de Soto, que más valía llamar de nuevo, pedir otras empanadas y abocarse a los expedientes. Como aventura en el subsuelo, ya había tenido suficiente con el pene de Soto. Era algo de lo que iba a reírse con Emilia más tarde, cuando se lo contara. Incluso la charla podía derivar en sexo. Una bonita descripción del pene de Soto, lo sórdido de la situación, era la clase de cosas que sabían activar a Emilia. Sonrió pensando en eso, se distrajo pensando en eso y casi no se dio cuenta de que estaba saliendo de su escondite, que estaba ya casi alcanzando la puerta y que la iba a atravesar él también para internarse vaya uno a saber dónde, tras los pasos de ese loco. 

Pero la puerta se cerró antes de que pudiera alcanzarla. Jonás se quedó un momento inmóvil, intentando volver a sincronizar sus pensamientos con sus acciones. No pudo. Levantó la mano pero no había picaporte, sólo el ojo de la cerradura calado en la chapa gruesa. Se arrodilló y miró por ahí. Focos amarillos colgaban de un techo bajo a lo largo de unos pocos metros. Más adelante, el techo y los focos caían, se perdían en lo que seguro era una escalera, por la que Soto ya estaría terminando de bajar. 

Estoy siendo ridículo, dijo casi en voz alta. Volvió a subir al tercer piso, fascinado consigo mismo, divertido consigo mismo. Pero subió por la escalera, para no hacer ruido con el ascensor.

 

Costaba concentrarse en los expedientes. Algunos del año en curso habían aparecido entre esa pila del año anterior, reforzando su hipótesis del posible error de archivo, pero ninguno era el que buscaba y, a medida que avanzaba en la pila, la chance iba menguando. 

El teléfono marcaba una línea mínima de carga y él no tenía respuesta de Emilia. Ni siquiera había visto su mensaje. ¿Estaría bien? Tal vez era hora de dejar todo, de traicionar la confianza de Vergara y salir de ahí. Ya vería el lunes cómo resolverlo. 

El reloj marcaba las once y media de la noche. 

Agarró otro expediente. No era. 

Un dolor sordo en la parte baja de la espalda lo hizo ponerse de pie. Caminó hasta la ventana frotándose y estirando la cintura, para un lado y el otro. Borró la humedad del vidrio con la mano y trató de ver el exterior. Le llegaban luces lejanas y una vibración silenciosa, sólo perceptible por los dedos cuando los apoyaba en la ventana. Comenzaba a crecer en él la sensación de estar fuera de lugar. Se suponía que a esa hora él debía ser parte de la vibración, colaborar con Emilia a que la ciudad siguiera rumiando esa alegría de fin de semana, incluso con toda la nieve. En lugar de eso, le tocaba sentir la vida de la ciudad a través de la yema de los dedos, atestiguarla desde lejos, sin llegar a verla siquiera. Y todo por un expediente. 

Quiso enojarse con Vergara y su sabbat. Quiso tener él también una religión que le prohibiera trabajar a partir de cierta hora. Amaba el ocio como cualquiera, entonces…

Sacudió la cabeza. Nada de todo lo que estaba pensando tenía ningún sentido. No amaba el ocio. Tampoco lo odiaba. ¿Qué amaba? A Emilia, pero Emilia estaría mirando películas abrazada al gato, a la espera de que los rescoldos de la discusión de ayer terminaran de enfriarse. ¿En qué momento habían aparecido esos pactos de silencio? Trató de recordar: pasada la primera etapa de la relación, las discusiones habían aflorado como era natural que sucediera. Pero esa manera de lidiar con ellas, de no lidiar con ellas, no tenía una razón clara. Tenía sabor a renuncia, como si de pronto hablar se hubiera transformado en una actividad exasperante que los dejaba agotados. Y sin embargo, pensar en ella seguía llevándolo casi como un acto reflejo al colectivo, a la primera charla, a los ojos negros, las pestañas largas como un vicio del pensamiento. Lo incómodo era la sospecha de que eso le pasaba únicamente a él, y entonces todo se reducía, una vez más, a lo mismo, a la misma fantasía de muerte, infantil e hipnótica: si alguien fuera y le dijera a Emilia que él había muerto, que sus últimas palabras habían sido… ¿cuáles? Se puso de mal humor al darse cuenta de que no lo sabía. Tenía que resolver eso. Lo del expediente y eso. Si muriera ahí mismo y si hubiera alguien para escucharlo, ¿qué diría? ¿Encontraría las palabras que hicieran llorar a Emilia? Probablemente sus últimas palabras fueran una pregunta. Una pregunta simple: “¿Qué carajo hace Soto en el subsuelo?”.

Agarró la taza y caminó hasta encontrar un frasco de café instantáneo sobre un escritorio. Era el escritorio del tipo pelado, no recordaba el nombre. Cargó la taza con tres cucharaditas. Sueltos en el cajón, entre algunos papeles viejos y blisters de medicamentos, encontró dos sobres de azúcar. Le puso los dos y abandonó los sobres vacíos junto al teclado. Cargó agua en el dispenser y volvió a su escritorio. Seguía teniendo hambre. 

Levantó el teléfono. Llamó de nuevo al restaurante pero nadie atendió.

Agarró la taza con ambas manos para aprovechar el calor, un instante antes de revisar el último expediente de la pila, que tampoco era. 

Recién entonces recordó que el teléfono, un rato antes, le había vibrado en el bolsillo. Un mensaje se había abierto paso por la atmósfera maltrecha y había llegado hasta él, en el hall. Un mensaje de Emilia tal vez, una pregunta, palabras de preocupación. ¿O un mensaje de Vergara? Una breve licencia en pleno sabbat, mientras la familia duerme, para saber si había encontrado el expediente. Sacó el teléfono. En la esquina superior el reloj marcaba las veintitrés cincuenta y nueve. Quiso abrir el mensaje, pero en ese preciso instante la batería murió.

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Juan Cruz Balián

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Escritor, estudiante y empleado. En ese orden. No sé pensar deductivamente pero intuyo por dónde viene la cosa.

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The Negra

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Gabriel

Gabriel

05/07/2020

El telefono era tactil?

ramiro tordini

ramiro tordini

30/06/2020

Que Juancho viene manija con Dark desde hace algunos años y por eso Jonás tiene su versión argenta. Que por cierto no fuero considerada ni por Adán y ni por Eva.