19/06/2020

Segunda Entrega

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Juan Cruz Balián

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The Negra

Una novela de ciencia ficción

Primero hizo calor. Mucho calor. Las aguas subieron y las costas se anegaron. Tierra adentro, los árboles agarraban fuego. Los animales huían y morían, se pudrían y la humedad los maceraba. Luego, las bacterias empezaban a peregrinar.

Pero el mundo cambiaba lo suficientemente despacio y la gente se adaptaba. Hervía el agua. Se alejaba de las costas. Y el océano era más grande pero las noticias igual llegaban veloces, submarinas, por el cable profundo, y en todos lados era igual y en todas partes pasaba lo mismo. 

Pero entonces los ambientalistas se radicalizaron y las cosas se terminaron de desmoronar. Fue en un encuentro de mandatarios, durante un invierno tenue. El atentado nunca llegó a realizarse: el servicio de inteligencia local irrumpió en la casa donde se llevaban adelante los preparativos y mató a uno de los conspiradores. La cantidad de titulares sobre el asunto fue enorme. Fotos de los explosivos, recorridos virtuales por el domicilio, perfiles detallados sobre el terrorista, relatos de una infancia marcada por la violencia. Todo en vano. La opinión pública igual se quedó con la víctima. Fue como si alguien quitara la pequeña pieza que mantenía toda la estructura en pie: los ambientalistas se movilizaron otra vez y ya no estaban solos. La bandera con la cara del mártir se izó y en el mismo acto las acciones de las grandes automotrices se desplomaron y se llevaron consigo a las compañías aéreas; un efecto dominó, una cascada de tragedias financieras, una revolución quieta, perpleja, casi involuntaria. En las calles sonó música antigua, canciones idílicas sobre la naturaleza, que hacía décadas que las radios habían olvidado. En los rascacielos, funcionarios y grandes empresarios se sentaron a negociar los términos del mundo por venir. Se conformó una Comisión Internacional de Climatología y, bajo su presión, los gobiernos debieron dedicar todos los los recursos disponibles a las universidades. Por un breve instante de la historia, los científicos desfilaron como estrellas. 

Mientras tanto, de este lado del mar, el verano era un resplandor permanente, irrespirable. Los aires acondicionados funcionaban a tope y las centrales eléctricas sufrían. La humedad caliente se impregnaba en la ropa y la garganta, y toda la multitud de temas cotidianos, todas las preocupaciones pequeñas e irrelevantes, acabaron por licuarse. No había más espacio para nada, sólo el calor y las consecuencias del calor. La gestión del calor. Las causas profundas, largamente anunciadas, del calor.

Así fue como la gente empezó a ralear en los templos. Y cuando el obispo de la ciudad, presa de un frenesí esotérico, afirmó frente a las cámaras de televisión que aquello era el principio del fin, la llegada del apocalipsis, la consumación de las promesas que el libro sagrado reservaba para el último día, y aconsejó a la comunidad que sucumbieran a la Palabra, la gente simplemente lo ignoró. Una noción se había esparcido sin que nadie la promulgara, una idea silvestre había crecido entre el caos, inadvertida e innegable: Dios había perdido la voz. Y en lugar del amplio regreso del rebaño que el obispo pretendía, la gente empezó a apostatar en masa. Mientras tanto, en las universidades, los científicos tenían que repartir el tiempo entre buscar soluciones y dar entrevistas. La mayoría de las veces, el entrevistador preguntaba lo mismo: ¿Se podría haber evitado? Sí. ¿Y por qué no lo avisaron antes? Lo avisamos. Luego, en el estudio, los conductores se regodeaban en la culpa y le reprochaban a la sociedad. En las casas, los televisores reproducían el reproche. En la calle, llovía. 

Pero entonces, sin previo aviso, el calor descendió. Vino un invierno amable, un poco más largo de lo normal. Se extendió hasta mediados de octubre y desembocó en un calor tímido. El debate sobre el clima se redujo a algunos programas nocturnos y a las colas de las verdulerías donde la gente comentaba sorprendida la repentina oferta de manzanas, feliz en secreto de encontrar una oportunidad para hablar de temas más mundanos.

En enero fue evidente que algo ocurría. El sol había perdido fuerza, como si llegase a través de un filtro polarizado. El pasto se quemaba bajo el rocío y en las horas más tempranas de la mañana flotaba una neblina baja a la altura de las rodillas, jirones de nubes que se prolongaban hasta el mediodía. En febrero circularon los primeros informes académicos que hablaban de un fenómeno extraño llamado “Mínimo de Maunder”, según el cual las manchas solares prácticamente habían desaparecido de la superficie. Sin embargo, los informes no eran concluyentes. Cada uno arriesgaba su propia hipótesis, no lograban establecer una causalidad directa y, sobre todo, se declaraban incapaces de pronosticar cuánto tiempo duraría el fenómeno. Aun así, el asunto fue bien recibido: se trataba de un golpe de suerte para un mundo recalentado que precisaba enfriarse.

La Comisión Internacional de Climatología publicó su informe un lunes a la mañana. Esperaban bastante repercusión y habían acordado los términos exactos a utilizar a fin de no provocar pánico en la población. Era un informe breve, pero pasadas las once aún no había sonado ningún teléfono. Tres días más tarde, aceptaron la derrota. Aquel verano frío era una bendición sobre la que nadie pretendía averiguar absolutamente nada. 

 

La primera vez que nevó fue en marzo. Fue una nevada contundente pero nadie dijo nada porque el espectáculo era demasiado hermoso. Un instante de suspensión. Mientras los copos caían sobre los techos de los autos, sobre las esquinas, sobre el río agitado, mientras tapaban el asfalto, mientras escondían los basurales, no hubo debate. Ese día, el tráfico se detuvo durante un buen rato. Jonás, sentado junto a la ventanilla del colectivo, miraba la nieve caer frente a las luces del semáforo, que se iban alternando sin que nadie les hiciera caso. Emilia iba sentada al lado.

―¿Abro? ―preguntó él. 

―Bueno, un poquito. Gracias. 

El aire frío se metió con fuerza y nieve. Algunos pasajeros protestaron. Emilia levantó la mano y le mostró el copo que había ido a parar ahí, diminuto y perfecto, estoico sobre la piel tibia, completamente fuera de lugar. Pero Jonás no miraba el copo, la miraba a ella. Tenía las pestañas largas, como si hubiese nacido preparada para soportar el viento.

―Este es el fin. Nos vamos a morir todos ―dijo ella sonriendo.

―Creo que sí. Por las dudas, me llamo Jonás. 

―Emilia. Un gusto ―se dieron la mano. Mientras duró el apretón, Jonás pensó que si aquello era el fin, estaba bien. 

Pero no fue el fin. Nevó tres días y dos noches. Luego el sol se tomó casi una semana más para llevarse la nieve. Cuando por fin volvió a aparecer la ciudad de antes, un periodista resucitó el informe de la Comisión y declaró que el mundo había cambiado. Era una declaración descriptiva que nadie necesitaba. Bastaba con ver la ciudad que había emergido: se derretía y goteaba de a poco como un cuadro surrealista, hermosa en cierta manera, pero llena de mendigos muertos. 

 

Para cuando sobrevino la segunda nevada, el Ministerio de Interior ya había desplazado a la Secretaría de Medioambiente y tomado cartas en el asunto. Las primeras medidas requirieron de un despliegue coordinado de recursos con el Ministerio de Energía, pero aun así el invierno se impuso con dureza sobre una sociedad acostumbrada a otras temperaturas y los hospitales colapsaron irremediablemente. El Ministerio de Salud alegó no tener nada que ver con todo el asunto y se levantó de la mesa. Sus esfuerzos quedaron reducidos a la compra de dosis de vacunas antigripales, lo que derivó en una crisis política que acabó con la renuncia del ministro y la absorción del ministerio dentro de la órbita de Interior. 

Los reclamos por la falta de suministro de gas y combustible se convirtieron en el principal problema del gobierno. Hubo crisis y cambiaron algunas cabezas más. Por fin, una mañana templada, se anunció con satisfacción que para navidad estaría funcionando la primera Secretaría de Invierno del país. Tan templada era esa mañana que el anuncio, largamente esperado, sonó un poco anacrónico.

El verano, tal como se lo conocía, no volvió nunca más. Hubo, en todo caso, una pausa, pero el frío regresó pronto y fue un año complicado para la Secretaría. Hubo que administrar la provisión de gas en la ciudad y de leña en zonas rurales. Luego corrió el rumor de que el gas estaba en falta y la gente empezó a adaptar las casas y los departamentos para instalar salamandras, de modo que pronto hubo que racionar la leña también. Se organizaron enormes cuadrillas de trabajadores sociales para que evaluaran caso por caso los pedidos de subsidios que no paraban de llover sobre los escritorios de los funcionarios, que a su vez tenían la responsabilidad de controlar el precio de las garrafas y coordinar con Vialidad la disposición de sacos de sal que previnieran la formación de hielo en las esquinas y facilitaran la circulación. Mientras tanto, la sección de Economía de los noticieros hacía hincapié en los nuevos circuitos de snowboard urbano y el repunte que las empresas de ropa térmica venían experimentando, pero el invierno era más elocuente que los diarios y la gente aún no acababa de digerir eso de levantarse por las mañanas y encontrar la batería del auto muerta, las gomas desinfladas y las cerraduras ciegas de hielo. El frío se llevaba varios muertos a la semana y la Secretaría no daba abasto a cumplir con la nueva ley que la obligaba a hacerse cargo de los funerales. 

Las estaciones continuaron sucediéndose, pero todo el ciclo se desplazó hacia otra zona del termómetro. Y el primer año que no hubo verano, es decir, que no fue posible registrar más que un puñado de grados por encima del cero, el gobierno cambió de manos. La gente clamaba por nuevas políticas a la altura de los nuevos problemas, y así fue cómo, con un presupuesto inconmensurable y un edificio propio, la Secretaría fue elevada al rango de Ministerio. El primer Ministerio de Invierno. 

Hubo que contratar muchísima gente. Jonás recordaba el día que le hicieron la entrevista porque había sido demasiado breve. Luego, en una oficina pequeña improvisada en la planta baja, todavía en remodelación, una psicóloga le pidió que dibuje un hombre bajo una nevada y le extendió una hoja con membrete. Jonás sostuvo el lápiz un rato largo, incapaz de trazar la primera línea, absorto en el logo del Ministerio. Aquello significaba, acaso más que cualquier marca en el termómetro, que el invierno había empezado. Y que no tenían la menor idea de cuándo iba a terminar.

Al salir, llamó a Emilia para contarle. 

 

Lo primero era lo primero: buscar el expediente en el sistema. Ingresó los números con la destreza de los dedos acostumbrados, sin mirar las teclas. No hubo resultado. Volvió a ingresarlos más despacio, uno por uno. Nada. El papel rosa no tenía ninguna otra indicación, sólo los números garrapateados. Probó sacando un ocho repetido y agregando un cero en su lugar. Después sacó el cero y agregó un ocho más. El sistema seguía negándose. 

Preparó un café y pensó en llamar a Emilia, averiguar si se estaban adaptando bien al cambio, recordarle dónde estaba el disyuntor por cualquier cosa. Optó por mandarle un mensaje de texto. La respuesta fue inmediata: estaban bien, sabía encontrar el disyuntor, el gato se adaptaba. Luego, una serie de fotos de prendas de Jonás para que eligiera cuáles tirar. Mientras cargaba el agua en el dispenser, Jonás eligió dos remeras. En ese punto, se interrumpió la conversación. 

Apenas volvió al escritorio, vio a Aníbal acercándose con su cuerpo enorme y esa forma graciosa de caminar. Pensó que le iba a hablar pero al parecer ese día todo el mundo estaba empecinado en darle papeles, porque Aníbal se limitó a extenderle un folleto del sindicato y siguió de largo. No era un mal tipo Aníbal. De hecho, solía tener una conversación amable y generosa, pero a la vez parecía que podía hacer crujir el cráneo de un hombre adulto apretándolo con una mano. Según le gustaba contar, años atrás, en las marchas sindicales, él estaba a cargo de la seguridad. Era una torre de asedio y su sola presencia llamaba al orden. Pero desde la llegada del invierno las marchas se habían vuelto infrecuentes, sólo se organizaban ante razones verdaderamente impostergables y más de una vez el gobierno las había neutralizado mediante el sencillo procedimiento de no quitar la nieve. Algunos dirigentes habían llegado a acusar al gobierno de agregar nieve en secreto durante las noches, pero Jonás dudaba de que semejante cosa se hubiera cruzado siquiera por las mentes de los funcionarios. 

Dejó el folleto sin mirarlo. En cambio, dio un sorbo y miró el papel rosa de Vergara por encima de la taza. El cuatro del final empezó a resultar sospechoso. Estaba un poco abierto arriba, como correspondía a un cuatro, pero no lo suficientemente abierto. Era una abertura descuidada, lo notaba ahora, y entonces tal vez no era un cuatro sino un nueve. Tenía que ser un nueve. Volvió a ingresar los números, esta vez con un nueve. La computadora mostró un resultado. 

El sistema de expedientes del Ministerio funcionaba como un servicio postal. Un área creaba el expediente y lo enviaba por medio de los ordenanzas a otra área. Ese traspaso quedaba debidamente registrado en el sistema, pero era el expediente en papel el que se movía. Cuando la otra área lo tenía en sus manos, registraba el recibo en el sistema y así sucesivamente, de modo que cualquiera podía seguir el derrotero de las carpetas a lo alto y ancho del edificio.

Así podía saber Jonás ahora que el expediente en cuestión estaba en traspaso de la oficina de Subsidios al Departamento de Asuntos Legales desde hacía ochenta días. “En traspaso” significaba que Subsidios le había dado salida, pero los abogados de Legales no lo habían recibido aún. Ochenta días era demasiado tiempo para viajar del quinto piso al sexto. Probablemente, alguna de las dos áreas había hecho algo mal: o lo habían cargado al sistema sin despacharlo físicamente o lo habían recibido físicamente sin cargarlo en el sistema. 

De cualquier manera, ahora tenía una puerta para golpear. 

 

Nunca había subido al sexto piso. A decir verdad, nunca había subido más allá del tercero, donde trabajaba, y una sola vez había hecho escala en el segundo para presentar un reclamo en el sindicato por unas horas mal liquidadas. Conocía del Ministerio lo indispensable. Cualquier excursión más allá del territorio de su tarea hubiese sido siempre superflua. Por eso, cuando la puerta del ascensor se abrió a un piso diferente, Jonás se asombró modestamente, como quien espera asombrarse. 

El sexto piso no era un área abierta con islotes como el suyo. Todo un entramado de paneles había sido dispuesto para que las oficinas fueran privadas. Se trataba, sin embargo, de una privacidad precaria. Como el edificio del Ministerio estaba construido para aprovechar de forma inteligente los pocos recursos que el invierno ofrecía, los paneles eran de acrílico: lo suficientemente claros para que la luz menguada de los ventanales penetrase hasta la última oficina, lo suficientemente opacos como para no distinguir a ciencia cierta qué ocurría del otro lado. Algunos llegaban hasta el techo; otros funcionaban sólo como tabiques altos, permitiendo el flujo de aire y de sonido de una oficina a la otra. El resultado era un caleidoscopio borroso, plagado de fantasmas que iban de acá para allá. En algunas zonas se adivinaba un calendario pegado o un afiche de alguna de las tantas campañas del Ministerio. También había puertas que conectaban las oficinas con los pasillos y puertas que conectaban las oficinas con oficinas contiguas, probablemente por necesidades administrativas o, incluso, a pesar de ellas. 

Una sombra pasó junto a él del otro lado de uno de los paneles y emergió más allá, convertida de pronto en un hombre alto y canoso, con bordes definidos. Se dirigió hacia los ascensores. Jonás intentó hacerle una pregunta que el hombre ignoró. Sin saber qué otra cosa hacer, se adentró un poco en los pasillos. En cierto modo, temió difuminarse él también. 

Ante la primera puerta entreabierta, arriesgó un golpe seco.

―¿Sí? 

Jonás empujó un poco, no mucho, lo suficiente para asomar la cara. 

―Perdón, busco el Departamento de Asuntos Legales. 

―Lo encontraste ―la voz correspondía a un chico joven.

―Ah, qué bien ―abrió la puerta un poco más―. Es por un expediente…

―Todo el piso es el Departamento de Legales. Si es por un expediente, la que buscás es a Emma. 

Señaló con la cabeza hacia la oficina de al lado. Jonás bordeó el tabique y saludó.

―¿Emma? 

―Hola ―sonrió ella. El pelo enrulado apenas llegaba a cubrirle las orejeras de felpa celeste que le colgaban del cuello. Masticaba un chicle amarillo que se hacía visible a intervalos. 

―Busco un expediente. 

―Vení, seguime. 

Jonás se vio guiado por el pasillo, un recodo y otro giro, una puerta, una oficina con dos mujeres trabajando y tomando mate. ¿Dónde habrían conseguido la yerba? Había sólo dos maneras: importándola de los antiguos suelos tropicales, convertidos en zonas más o menos templadas, o comprándola a algunos especuladores que habían conservado el stock a la espera de un inevitable aumento de precios. Esta última opción era la más accesible, pero pasado el primer año empezó a requerir una política personal más bien laxa respecto a las fechas de vencimiento. En cualquiera de los dos casos, lo usual era volver a secar la yerba en una sartén y reutilizarla, una o dos veces, hasta agotarla del todo.

Jonás estuvo a punto de pedirles un mate, pero Emma terminó de atravesar la oficina, abrió una puerta y lo llamó desde el otro lado. Ese era el destino final. Lo invitó a sentarse y, sin cerrar la puerta, le preguntó en qué podía ayudarlo.

Jonás le resumió el problema y le extendió el papelito con la letra de Vergara. Había que encontrarlo y había que encontrarlo hoy mismo.

Emma lo examinó de lejos y de cerca, una entomóloga ante un espécimen extraño. 

―Flor, ¿podés venir un momento? ―llamó. 

Flor apareció cargando el mate y el termo. 

―¿Qué ves acá? Esto es un cuatro, ¿no? ―el número resaltaba entre sus compañeros de serie, remarcado y engordado por la mano de Jonás.

―Creo que es un nueve.

―Ah, un nueve.

Emma tipeó los números con una mano. Con la otra retuvo a Flor, que hacía ademán de irse.

―Pará, quedate. Así de paso aprendés. Fijate, estos tres números primero te dicen el tipo de trámite, si es un reclamo de energía, una gestión interna, un pase de recursos humanos, una solicitud de presupuesto, etcétera, etcétera. Después vas a tener siempre un guión y el año. Después otro guión y el número propiamente dicho, ¿no? El número de trámite, digámosle. Y después siempre hay un dígito más, ¿viste? El famoso dígito verificador, que en este caso no sabemos si es un cuatro o un nueve.

―Parece una “A” ―dijo Flor. 

―No, tiene que ser un número. ―Emma volvió a ingresar la cifra completa, pero sin resultado. 

Flor miró el monitor unos instantes. Después escondió el labio superior dentro del inferior y levantó los hombros. 

―Entré hace una semana ―se excusó ante Jonás, pero Jonás miraba el mate. De pronto sentía la boca anegada.

―¿Querés? ―se apiadó Flor. 

Jonás aceptó agradecido. Chupó esperando la yerba marchita o reciclada, pero lo sorprendió un sabor franco, caliente y amargo, y por un momento le recordó a su madre. Con ella había tomado los primeros mates como un rito de pasaje al finalizar la infancia. Ella solía poner en movimiento todo un ritual de preparación. La cantidad justa de yerba, taparle la boca con la palma y sacudirlo boca abajo, la palma luego cubierta con una película de polvo que le dejaba soplar a él, la nubecita verde que se formaba y desaparecía, el agua en el huequito, los cinco minutos de espera antes de poner la bombilla para que la yerba se hinchara. Primero había sido el invierno, después la escasez de yerba, por último la neumonía de mamá. Por alguna razón, la mente de Jonás se disponía ahora, en ese momento específico, a ordenar los hechos cronológicamente: invierno, falta de yerba, entrevista de admisión en el Ministerio, neumonía, muerte. Emma y Flor debatían. Invierno, Emilia, falta de yerba, entrevista, neumonía. Emma y Flor llegaban a la conclusión de que por ahí no había pasado. Emilia, invierno, muerte de mamá, funeral, mudanza, expediente. Cierto, el expediente.

Devolvió el mate con un gesto de agradecimiento.

―Pasa que… Me pueden echar si no lo encuentro.

―¿Echar? ―Flor se rió―. ¿Cómo te van a echar por eso? El juicio que les hacés… No te pueden hacer eso. Olvidate. ¿Vos leíste el convenio? No te pueden…

―No, bueno, echar no. No renovarme el contrato. 

Flor se quedó callada. 

―Eso sí te lo pueden hacer ―dijo Emma.

Jonás se desanimó. Por primera vez en el día empezaba a pensar que Vergara le había asignado una misión condenada al fracaso y se preguntó por qué a él. Vergara podría haber acudido a cualquiera. Excepto que buscara discreción. Una semana entera, a comienzos del Invierno, Vergara había faltado a trabajar. Nadie sabía nada de él, ni en el piso, ni en Recursos Humanos. Pero Jonás sí, Jonás sabía. Él lo había visto en la guardia de la clínica, la primera vez que hubo que internar a mamá por la neumonía. Lo había visto llegar cubriéndose la entrepierna con las manos en un intento infructuoso por contener la sangre, acompañado de su esposa. Vergara también lo vio, pero no hubo tiempo para reconocimientos. Los médicos lo admitieron de inmediato y desapareció tras una puerta rebatible. Meses después, como si ya no soportara el implícito, Vergara lo citó a su oficina y, de la nada, sacó el tema. Le confesó que se había sometido a una circuncisión, parte inevitable del proceso de convertirse al judaísmo. Era algo que ocurría bastante por ese entonces: la migración entre religiones. Como tanta otra gente en busca de una explicación, Vergara había abrazado la fe de su esposa y ambos habían acudido a un rabino conocido de la familia. Luego de un año de formación, el rabino dio el visto bueno para proceder con el brit milá. Pero al parecer el rabino empezaba a tener sus propias crisis y cometió un error en la incisión que no supo reparar. Actualmente Vergara se encontraba bien y su conversión religiosa permanecía en suspenso. Jonás nunca le había dicho nada a nadie. De modo que por eso lo había elegido a él. Esa era su virtud, pensó. La discreción. 

―Bueno, gracias ―empezó a levantarse. 

―Andá a hablar con Maestranza ―dijo Emma sorbiendo el mate. No había dejado de masticar el chicle en ningún momento―. Si se le perdió a alguien, seguro fue a ellos. 

―¡Ah, gracias! ―Jonás sintió el alivio de tener otro intento. Saludó, encaró la puerta, se volvió―. Perdón, ¿dónde…? 

―Primer subsuelo ―dijo Flor. 

―Gracias. 

Le costó un poco orientarse de nuevo en el laberinto de oficinas. En vez de encontrar los ascensores, dio con los ventanales por donde entraba toda esa luz. Y tras los ventanales, la ciudad con sus techos blancos. Un hueco en la manzana de enfrente permitía ver un retazo de río, una franja de agua parda y una línea de espuma que se cortaba entre los edificios del bajo. Hacía tiempo que estaban abandonados. En la época del calor, cuando se creía que el nivel del mar subiría hasta cubrir las costas por completo, aquellos edificios habían permanecido impasibles, y sus ocupantes también, testigos de un cambio certero pero apenas perceptible, algún sótano desbordado por las napas, nada más. Pero cuando vino el invierno y los mares se contrajeron y el río languideció, entre los edificios y el agua se abrió otro retazo de tierra: el lecho desnudo, pedregoso, cubierto de basura. Un paisaje demasiado estéril para balcones tan caros. 

Entonces empezó el viento. Un viento furioso, glacial, que venía del sudeste, cargado de lluvia y nieve, y empujaba al río de nuevo hacia arriba, lo rechazaba y lo volcaba sobre la ciudad. El retazo de tierra se cubrió de agua otra vez, y hubo quienes celebraron. Pero el agua no hacía a tiempo a desagotar antes de la siguiente tormenta y pronto alcanzó el terraplén, las veredas y finalmente las plantas bajas. Recién entonces, por fin, los precios cayeron y los ocupantes se lanzaron a un éxodo constante y silencioso, tierra adentro. Ahora esos edificios eran cubos vacíos, rotos, coronados de nieve. Se decía que gente sin techo había encontrado refugio en las plantas más altas, aprovechando alguna breve sequía o improvisando balsas para cubrir la distancia desde la nueva costa, a la altura del distrito financiero. Se decía que a veces, desde tierra firme, se veían luces en las ventanas, fogatas improvisadas. Jonás nunca había visto una. Se decía también que no duraban mucho, que el viento entraba por los vidrios rotos y las apagaba. Que era imposible sobrevivir en esas torres heladas. Se decía que los refugiados vivían de lo que podían pescar a oscuras en las habitaciones inundadas. 

Hacia el oeste, otra tormenta se anunciaba en el horizonte, la tercera en lo que iba del mes. Jonás se volvió. Eventualmente encontró el camino hasta los ascensores. 

 

Un rey gordo sentado en un escritorio al final de un salón de techo bajo. A Jonás no se le ocurría otro modo de describir el primer subsuelo. Había tubos fluorescentes y una serie de escritorios. Había, también, empleados yendo y viniendo con carpetas, cargando datos, conversando poco. Pero al final todo se resumía en ese hombre estresado, esa calvicie disimulada bajo unos rulos blancos, ese modo de crecer hacia los costados como condicionado por el espacio disponible, como un gato en una botella, eso, pensó Jonás. Un rey gordo en una botella. Y un cenicero lleno en el escritorio. 

Tan pronto lo vio acercarse, el tipo prendió otro cigarrillo. Jonás no supo si era un gesto de resignación o de territorialidad. Estaba prohibido fumar en el Ministerio, pero quién iba a descender hasta ahí para decirle algo. El modo en que el tipo, despreocupado, manipulaba fuego y brasas en ese subsuelo atestado de papeles, le daba un aire de poder. Sin siquiera darse cuenta, como quien entra perdiendo, Jonás reforzó la amabilidad al hablarle:

―Disculpe, vengo del tercero, estoy buscando un expediente que me parece que se perdió…

El tipo tosió para un costado. Sacudió la ceniza. 

―Cantame. 

Jonás sacó el papelito rosa y recitó los números. Mientras lo hacía, tuvo conciencia de que ya se los había aprendido de memoria. Guardó el papel antes de terminar. 

El tipo buscó y Jonás, de nuevo, esperó con paciencia. 

―¿En Legales preguntaste, pibe? 

―Sí, no, vengo de ahí. Ahí no está. Me dijeron que pregunte acá. 

―Acá no está ―sentenció.

―Y, pero… ¿no podría fijarse…? 

El tipo chupó el cigarrillo y exhaló una nube que, a falta de corrientes de aire, se le demoró alrededor de la cabeza. Jonás sintió de pronto que necesitaba salir a fumar. O fumar ahí abajo, daba lo mismo. Pero se había dejado los cigarrillos en su escritorio. 

―Acá todo el mundo tiene indicación mía de no quedarse con nada. Para el final del día cada expediente con su dueño, taza taza, las cosas claras. Capaz lo están entregando ahora mismo, porque… Pará. Pará, pará, ya sé. Vení. Seguime. 

Se levantó con una agilidad impensada; rey gato saliendo de la botella. Jonás fue tras él. Pasaron varios escritorios donde sendos empleados atendían sus propias pilas de expedientes. Uno agarró un desodorante de ambientes de color violeta y disparó dos veces al aire detrás de ellos, como si quisiera borrarles la estela. De pronto todo olía a lavanda. 

Se detuvieron ante el escritorio siguiente, que estaba desocupado. Sobre la superficie descansaban dos pilas considerables de carpetas. 

―Fijate en esos. Están sin atender porque la piba no vino más y acá todos se hacen los otarios y nadie los agarra. 

Dijo lo último levantando la voz y su mirada barrió las cabezas alrededor como una guadaña desafilada.

―¿Qué piba? 

―Esta… cómo se llama, me cago en la madre… ―chasqueó los dedos tres veces hasta que logró invocar el nombre―: Rigazi, la piba Rigazi.

―¿La que desapareció?

―¿Desapareció? 

―Eso dice el cartel en el ascensor. 

―No sé, yo me manejo por la escalera. Es bueno para la salud. Me llamo Victorio, cualquier cosa me avisás. Si no me encontrás, preguntá por Maroni porque acá todos me conocen por el apellido. 

Maroni se fue y Jonás se sentó en el escritorio. Se sentía extraño ocupando esa ausencia. Además de la computadora y los expedientes, sobre el escritorio había una caja de clips, una lapicera, una taza blanca con un fondo de café solidificado que a su vez trepaba el borde de la taza y caía del otro lado, bajaba y se adhería a la superficie del escritorio. Un encendedor parado, en estoico equilibrio, daba la falsa sensación de que alguien acababa de dejarlo ahí. Acercó la cara para mirarlo de cerca sin tocarlo: era cuadrado y metálico, a bencina. La pintura estaba saltada en los bordes pero en el centro sobrevivía aún el dibujo de un árbol dentro de un círculo, con las raíces a la vista. 

El resto eran papeles sueltos y arrugados, un desorden detenido en el tiempo.

No parecía el escritorio de alguien sonriente. De pronto, la foto del ascensor no le hacía justicia ni a la Helena desaparecida ni a la Helena que trabajaba enterrada en el subsuelo. Casi todos los empleados convertían su escritorio en una sucursal del propio hogar. Plantas, retratos, lapiceras favoritas, stickers al costado del monitor. El escritorio de Helena no tenía nada de eso. Un único papel aparecía fijado con cinta a la tabla: era una serie de números de internos. Su escritorio no era un hogar, era un hotel de paso al que no podía evitar volver. 

Tuvo la tentación de abrir los cajones, pero sabía que los empleados a su alrededor lo observaban. Especialmente el de al lado parecía tipear más despacio, como si en realidad estuviera atento al intruso, y había dejado el aerosol violeta a mano. Mejor concentrarse en el trabajo. Cuatro y media pasadas. Empezaba a quedarse sin tiempo. 

Revisó varios expedientes más, sin éxito. Los números simplemente no coincidían. Cuando ambas pilas se le acabaron, volvió hasta el escritorio de Maroni. 

―No hay caso, no está. 

Maroni se encogió de hombros y prendió otro cigarrillo. 

―¿No me convida uno? 

―Agarrate ―dijo, señalando el paquete con el mentón. Jonás obedeció encantado. La imperceptible transgresión de fumar ahí abajo tenía un sabor distinto. 

Estaba por agradecer e irse, vencido, a reportarse ante Vergara, cuando el suelo empezó a temblar. Algunos tubos parpadearon y el lapicero sobre el escritorio se desplazó vibrando. Jonás abrió los ojos. Hubiese creído que el edificio se derrumbaba en cualquier momento de no ser por la expresión inmutable del tipo. La colilla encendida fue a parar al suelo junto a otra pila de papeles. Se agachó con un gruñido y la levantó. 

―El subte ―explicó.

―¿Pasa por acá? 

―Abajo.

―¿Acá abajo?

―Veinte o treinta metros más al sur ―dijo señalando en una dirección determinada, haciendo gala de un sentido de la orientación extraordinario―. Acá abajo hay otro subsuelo. Archivos, depósito, sala de máquinas, todo eso. Ah… pará. ¿No estará en el archivo?

Jonás lo miró esperando que desarrolle, mientras la vibración se alejaba.

―Vení, se me ocurrió una idea, a ver si encontramos tu dichoso expediente.

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Juan Cruz Balián

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Escritor, estudiante y empleado. En ese orden. No sé pensar deductivamente pero intuyo por dónde viene la cosa.

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The Negra

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Natacha Baffo

Natacha Baffo

30/06/2020

Me tiene completamente atrapada. Espero con ansias el momento en el cual ése libro llegue a mis manos❤️

Fer Aguilar

Fer Aguilar

28/06/2020

Excelente. Algo me decía que no debía leer estas “entregas”, menos en estos tiempos donde la ansiedad no me deja ni ir al baño sola. No veo la hora de tener este libro en mis manos!!

Gabriel

Gabriel

22/06/2020

Exquisito, sentí que el ministerio está a la vuelta de mi casa

Diego farias

Diego farias

22/06/2020

Acabo de leer las dos partes. se me hace muy interesante la trama y eso que todavia no se a revelado mucho de ella. Ya con ansias de leer lo que vendra. Felicidades !